Los hermanos porteños Miqueas y Tomás Thärigen construyeron desde cero un emprendimiento familiar en el Palacio Barolo que hoy recibe miles de visitantes al mes y logró bajar un 40% las expensas del edificio centenario.
Miqueas Thärigen entró al Palacio Barolo sin grandes planes: necesitaba plata para el alquiler y consiguió trabajo como cadete en ese edificio del centro de Buenos Aires. Pero la historia no terminó ahí. Con el tiempo, y junto a su hermano Tomás, transformó ese primer trabajo en un emprendimiento familiar que hoy tiene una identidad propia. Los dos son conocidos en el ambiente como los ‘guardianes’ del Barolo, y el apodo no es al pedo: conocen el edificio como pocos y lo cuidan de la misma manera.
El negocio que armaron tiene dos caras igualmente importantes. Por un lado, el turismo: miles de personas visitan el Barolo cada mes gracias a la propuesta que crearon los Thärigen. Por otro, la gestión interna del edificio mejoró tanto que las expensas cayeron un 40%, algo nada menor para un inmueble de más de un siglo de antigüedad ubicado en el corazón de la ciudad.
El caso de estos dos hermanos muestra que algunos de los mejores negocios no arrancan con un MBA bajo el brazo sino con ganas de resolver un problema cotidiano. Según LA NACION, la historia de Miqueas y Tomás Thärigen se convirtió en un ejemplo de cómo el trabajo cercano y comprometido con un lugar puede generar valor tanto económico como cultural.








