La presencia de arsénico en agua de pozo y de red en varias provincias argentinas genera preocupación sanitaria, ya que en muchos casos los niveles superan los límites permitidos.
El arsénico es un problema geológico en el país, con municipios donde las concentraciones superan las 50 ppb (partes por billón), consideradas no aptas para el consumo. Mientras que el agua de red suele estar controlada y cumplir con los estándares del Código Alimentario Argentino, quienes consumen agua de pozos corren un riesgo mucho mayor.
Los filtros tradicionales de carbón activado, efectivos para eliminar cloro, pesticidas, malos olores y sabores, no retienen arsénico ni otros metales pesados. Por eso, se requieren sistemas especializados, entre los que se destacan la resina selectiva (GEH o Metsorb), basada en óxido de hierro, y la ósmosis inversa, capaz de eliminar hasta el 99,9% de los contaminantes. Marcas como PSA, DVIGI e Hidrolit utilizan estas tecnologías para reducir tanto Arsénico V como Arsénico III a niveles seguros.
Es fundamental diferenciar entre el agua de red y la de pozo. Las plantas de distribución aplican procesos de control y filtración que aseguran que el arsénico esté dentro de los límites legales, mientras que el agua de perforaciones particulares puede presentar concentraciones peligrosas, haciendo imprescindible el uso de sistemas de filtrado doméstico adecuados para proteger la salud.








