El cáncer de ovario suele pasar desapercibido en sus etapas iniciales por la falta de síntomas claros, lo que retrasa su diagnóstico y complica el pronóstico. Esta demora afecta tanto la efectividad del tratamiento como la calidad de vida de las pacientes.

En Argentina, se diagnostican en promedio seis casos diarios de cáncer de ovario. Aunque no es el tumor más frecuente en mujeres, es uno de los más letales del ámbito ginecológico, ya que cerca del 70% de las pacientes llega a la consulta en estadios avanzados. La ausencia de síntomas específicos y la falta de métodos de detección poblacional efectivos contribuyen a que la enfermedad pase desapercibida hasta etapas más graves.

Los signos iniciales suelen ser inespecíficos, como distensión abdominal, sensación de saciedad temprana, dolor pélvico leve o cambios en el hábito intestinal, que a menudo se confunden con problemas digestivos o atribuyen al estrés o la edad. Debido a esto, muchas mujeres normalizan estos síntomas o los minimizan, retrasando aún más la consulta médica. La clave está en prestar atención a cualquier cambio persistente y consultar a un profesional de salud.

El diagnóstico temprano depende de un enfoque integral que considere la historia clínica, antecedentes familiares, estilo de vida y exámenes específicos para evaluar el sistema reproductor femenino. Aunque no exista una prueba simple y confiable como la mamografía o el Papanicolaou, la evaluación médica oportuna puede permitir detectar signos de alarma y mejorar las posibilidades de tratamiento exitoso.

Más allá del diagnóstico, la experiencia de las pacientes revela la importancia del acompañamiento emocional, la información clara sobre la enfermedad y el acceso a terapias innovadoras. Recientemente, Argentina incorporó una terapia dirigida para casos avanzados resistentes a la quimioterapia, que promete mayor eficacia y menor impacto sobre tejidos sanos, representando un avance significativo en el manejo del cáncer de ovario.

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